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Velada Literaria Dia de la Manzanilla 2011

Velada Literaria Dia de la Manzanilla 2011

                           

                        “Mujer, flamenco, guitarra, un poema,    manzanilla”.

Magnífica noche de versos, los de eduardo dominguez lobato, nuestro fundador. Lanzados al aire, anoche , 25 de junio, a pie de patio, donde las paredes seguían acompañando por soleares y guajiras a nuestras lectoras.

Lectoras amigas, compañeras de ciudadanía, de artes, de oficios, del día a día. Mujeres pujantes, decididas, valientes, emprendedoras.

Y estuvieron con nosotros, ayer,María Lobato, Raquel Villegas, Lucía Gutierrez, Marta Dunphy, Ella Núñez, Clemen S.Sadoc, Mª Carmen Rdguez Duarte, María Mezcle, Angela Raya, Marisol Paez, Isabel Vazquez, Carmen Evans, María Evans,Laura Rivero, Nuria Sanchez y Liliane Dalhmann.

Y a modo de acompañamiento guitarrero, el alumno de Manolo Lin, " Juan Francisco", y como no, el quejío, la maestría y la voz rota de Jose Prospin.

A continuación transcribimos los versos leídos y las lectoras invitadas al acto.

Auto retrato 

Uno nace escritor como puede nacer

zurdo, o indio motilón, o cantante de ópera. Igual. Y Eduardo Domínguez Lobato, por ejemplo, nació predestinado.

Nunca se supo en qué momento empezó a escribir pero se conoce con exactitud en qué instancia dejó de hacerlo: en la muerte. Y aún en eso quedaron dudas serias. El caso es que fue un escritor nato, devocional, irrenunciable.

Y llevó su vocación a tal virtuosismo que, sin una cuartilla encima, no era absolutamente nadie. No era hombre “pa ná”, como él mismo dijo muchas veces y tan convencido estaba que su vida no fue más que una escritura imperturbable. Tan bien encajada y asimilada que en sus horas cenitales su cuartilla fue musa, razón y fundamento de recordadas maravillas artesanales cuya exquisitez rozaba lo seráfico.

Además, supo se escritor a secas, sin ínfulas ni claudicaciones y, sobre todo, sin adjetivos. Ni patoso, ni garrulero, ni omiso, ni efervescente, ni nada. Sencillamente escritor. Por más señas, articulista de fama, letrista flamenco sublime y novelista exacto, según reconocieron para pasmo general los de su propio oficio.

En sus escritos, aún hoy en plena circulación y vigencia, puede advertirse la precisión sin tacha de un pulso milimétrico en las palabras, la exacta transparencia de unos ojos clarividentes hacia sus gentes y su tierra y la firmeza lúcida de un cerebro privilegiado. Sin embargo, todos los testimonios amigos y enemigos coinciden en que Eduardo era incapaz de manejar su cuartilla y su pluma sin la inspiración del cigarro de ducados.

Era un hombre extraño a quien le funcionaban los mandos al revés. Tan incapaz era de vivir sin su ducados, que las escasas horas sin tabaco de su existencia se las pasó dormido, irremisiblemente dormido y nada más que dormido, según era público y notorio por boca de su mujer. En cambio, sus ímpetus creadores – y todos los demás ímpetus- eclosionaban fulgurantes cuando ya tenía su paquete de ducados al alcance de su dedo índice.

De donde todo el mundo llegó a la conclusión de que su normal genuina y definitiva atmósfera era una nube de tabaco. Tan era así que toda su exultante y contagiosa vitalidad junto al tabaco se tornaba fosquedad, desidia y retraimiento en ausencia de este. Nunca fumó más que ducados y jamás fue fumador atolondrado y codicioso.

Fumaba lenta y pausadamente, con solemnidad patriarcal y parsimonia de oficiante, paladeador, casi masticador del tabaco hasta alcanzar el estado de gracia que lo alzaba de este mundo. Así llegaba a la ingravidez semi angélica, a la “borrachera” de tabaco visceral, transfiguradora, entronizada en los adentros con ribetes pasionales alumbrados por el discernimiento.         

Y era entonces cuando bajaba al fondo de sí mismo. Todos lo notábamos, no solo por la eximia soltura de su pulso, sino porque, además, daba en canturrear algún medio palo, mirabrás, rosa o cantiña. De donde todos sus allegados dieron en comprender que cuando le emergían las notas más o menos desafinadas de algún cante de Caracol o de Juanito Valderrama – porque en la música no estaba su fortuna- Eduardo había alcanzado las cimas del equilibrio emocional y los linderos del éxtasis.

A todo esto, su vida fue todo un paradigma de inmunidad ciclópea frente a cualquier asomo de achaque o enfermedad, físico o psíquico, salvo su rigurosa cita con su amigo Miguel para tomarse la tensión. Murió porque sí, tirando del carro como él decía siempre, sin rastro de mal alguno, cuando ya se le calculaban los setenta y muchos años sobre la tierra.           Por cierto, alguien tuvo el gesto irreverente  -o caso como homenaje fervoroso, quién sabe – de plantarle entre el florero del nicho una cuartilla en blanco y un cigarro.

Lo desconcertante fue que al día siguiente la cuartilla estaba allí, en su sitio justo, pero con algo escrito, casi indescifrable, y al lado, una colilla. Fue un misterio que no llegó a aclararse nunca.

  Nace  Guadalquivir  

Nace tu nombre libre, como alguna

cancioncilla de niño marinero;

el corazón a bordo del velero,

la tajamar varada en la laguna. 

Sueña nardos la sangre de la luna,

la luna grande de tu alfoz primero,

la luna verde y blanca, compañero,

la luna eterna de tu eterna cuna. 

Algún jilguero canta en tu cabeza

como una nana breve, tal si fuera

el secreto bordón de tu alegría. 

Y ya eres tú, donde mi tierra empieza,

padre andaluz, Guadalquivir,

bandera clavada en la esperanza: Andalucía.  

En Cazorla 

En Cazorla, delirio de aceituna

y vocación de niño marinero;

tu pupila clavada en el lucero

y tu sombra varada en la laguna.  

Tu norte, rumbo arriba…; mientras una

procesión  arterial por el sendero

aventa , temblorcillo mañanero,

la  primera fragancia de tu cuna.  

Monte verde rondando tu cintura

cinturón de la brisa – vuelo y risa –

destrenzando,  al nacer, tu cabellera.  

Y en el viento, piropo y donosura,

el ángelus del Angel de la brisa

te sube anunciación de la ribera…    

Por Jaén 

Noctámbulo del mirto y la falena,

cantor de siemprevivas siderales;

colmenero de nubes vegetales

con brisas de cereza en la colmena. 

Romancero de mar… La piedra estrena

un ciclamor de miel en tus panales.

Y de olivo a jazmín –sombras ovales –

se resbala a tus pies Sierra Morena. 

De un cielo de violeta, cuanto vuela

-anémona, nenúfar- fiel estela

desgajada en silencio de olivares  

Arcángel de los llanos de Baeza

-nimbo de espiga y miel en la cabeza

-y canto de metal junto a Linares… 

Por la marisma 

Silencio malva, soledad salina

y procesión de pino campanero.

Un romance de luna en cada estero

y un torito de dulce en cada esquina. 

Vencedor de la piedra y de la espina,

sediento de naranjo y limonero.

Pulso integral, redondo y misionero

del  lentisco, el jaral y la sabina. 

Navegante de ingrávida pupila…

el eco del lebrel y de la esquila

resbala,  rumoroso, por tu frente… 

Y te queda la paz de la marisma,

mito ancestral donde la noche abisma

languideces  de luna adolescente.  

En Córdoba 

Qué fragancia en tus crines, qué lamento

el risco por tu empuje conquistado…

Esguince de cristal alucinado,

ímpetu azul de azul presentimiento. 

Copian tus ojos el paisaje lento

y el olivo en tu fondo gime anclado;

resbaladas colinas al costado,

poniente gris, seguro firmamento… 

Córdoba te abandona su cintura,

sonámbula Sultana soñadora

con la miel del crepúsculo en los labios… 

Tu empuje de Poniente y de espesura

ancla su barco blanco y se desdora

frente al mar alto de los montes sabios… 

Caricia de Sevilla 

Pueblos de nata, voces de campana,

presentida  caricia de Sevilla…

Ya la tierra palpita en tu mejilla

a un exacto compás de sevillana. 

Reverbera, fantástica mañana,

campanera Giralda de mantilla

y el rito ancestral de “seguiriya”

te saludan los cantes de Triana. 

Por el camino puro de tu rosa,

arbolan  golondrina y mariposa

un puente de San Gil a la Esperanza. 

Y en el espejo intacto de tus oros

revive Catedral y sueña toros

el perfil doctoral de la Maestranza…          

                                      

Tu Historia aquí 

¿ Qué voz azul, qué azul vendimiadora

para tu larga sed de peregrino…?

¿ Qué enlunado lucero en tu camino

y caricia de niña arrulladora…? 

Sanlúcar marinera y viñadora

-cintura griega y corazón latino-

abre el celeste templo de su vino

y te sueña en la playa, soñadora. 

Tu  Historia aquí, preñada de titanes,

trampolín de encendidos capitanes

y florecido canto del navío. 

Isabela, Colón y la “Victoria”…

Tu frente rompe quillas y abre Historia,

ancho, silente, venturoso río…   

          

Ya estás aquí               

Ya estás aquí, donde la vida espera, 

ya estás aquí, aquí cuando me voy; 

tienes mi sangre, el nombre que te doy 

y un poquito de Dios a mi manera.  

Yo quisiera dejarte por bandera 

esta tierra salada donde estoy, 

donde seré, desde el temblor que soy 

algo de tu segura primavera.  

Brindo por ti y pongo en tu mejilla 

mi beso de marisma y manzanilla, 

de río Guadalquivir, copla y majuelo;  

de pinares, salinas, sol poniente, 

de viña, de bodega, de esta gente 

andaluza, la gente de  ....  Tu abuelo                                    

A Quevedo,    

Florentino, florete y más bien burloncillo, 

soberbio caramillo del dime y del direte, 

igual le dió al soplillo que manejó el soplete 

pero en un periquete enseñaba el colmillo.  

Casi siempre estilete, alguna vez martillo, 

magnánimo el bolsillo, a punto el sonsonete, 

no le faltó arponcillo que le diera carrete 

y pusiera en un brete al pardo y al pardillo.  

Su vida siguió el rumbo que le marcó la pluma: 

rabadán y lumbrera de la lengua que hablaba, 

orfebre, carpintero, Pigmalión, sigue y suma  

pendular que oscilaba del cuervo a la paloma 

a manera de juego punzante que punzaba 

perfectamente en serio, perfectamente en broma…

Soleares     

Yo me pongo a cavilar

 y en vez de romper en llanto 

me arranco por soleá. 

Lo primero es lo primero

 y tú no me has respetao; 

Dios te ampare, compañero, 

y cada cual por su lao.   

Aunque me volviera loca 

la verdad de la verdad 

no la sabrán de mi boca.  

Yo con el paso a medía 

tú con el paso cambiao; 

yo, tu esclava de por vía 

tú, colorín colorao.   

Vete y no me hagas hablar 

que ya to lo tengo hablao 

y no te quiero contar 

el cuento que me han contao.  

Mira qué cosas, 

mira qué cosas, 

espinas que a lo lejos parecen rosas.   

Aquí los dos, donde quiero

 querer  lo que nadie sabe 

y saber lo que no puedo.  

Aquí los dos, con la llave 

de tus últimos secretos, 

de tus últimas verdades.  

Morirnos juntos los dos, 

los dos juntos, compañero, 

en vez de decirte adiós.  

Morir contigo en la mar, 

subir de la mar al cielo y,

luego, vuelta a empezar….  

Vete y no me hagas hablar 

que ya to lo tengo hablao 

y no te quiero contar 

el cuento que me han contao.

 

A Antonio Murciano en el día de su Homenaje   

Qué bien te cuadra la hondura

Siempre a punto y por derecho,

cómo te canta en el pecho

el cante de tu escritura.

Espuma, marfil, pintura,

galanura en el decir,

claveles en el sentir,

de tu sonanta morena:¡

Qué bien te suena la pena

al cantar, digo, escribir…! 

Tan cumplido tu equipaje

de marinero serrano,

tanta salina en la mano,

tan a la medida el traje

y tan limpio este homenaje

que al brindarlo te diría:

“Va por ti, por tu poesía

camino de los cantares,

Antonio, por soleares,

como canta Andalucía…”  

Al puente de San Salvador     

Apenas si eres nada, ni siquiera

la sombra de las piedras y los bronces

encendidos ayer.Eras entonces

como el ángel guardián de la ribera. 

Como un barco de piedra, entronizado

Por banderas, estrellas y galones,

por la magia mortal de los cañones

y por la mar, que se tumbó a tu lado. 

Apenas si te queda, viejo amigo,

el viejo corazón de miel y trigo

y algún lejano llanto de sirena… 

Te queda una leyenda en lontananza,

el horizonte ciego a la esperanza

y el naufragio total bajo la arena. 

**************************** Soneto a Federico   

Callaron las clepsidras, volaban los milanos

sobre las cinco en punto de aquella madrugada;

las niñas nieve y rosa, la espiga embarazada

y el polisón de azúcar marchito entre tus manos. 

Callaron las alondras de todos los veranos,

los amores oscuros, la carne de Granada

,los estambres del sueño, la copla enamorada

que llevaban en brazos los ángeles gitanos. 

Libélulas de vidrio y el violín de algún grillo

trenzaban con los mirtos el último estribillo

helado y romancero de la noche morena. 

Había niños pintados sobre las mariposas,

magnolios fusilados frente a las pitirrosas

y jazmines de sangre junto a la yerbabuena.                    

 La despedida                    

Me voy, adiós, adiós, Andalucía.

qué cerca tus caricias, tu fragancia,

ese beso frutal tan a distancia,

y el abrazo total de cada día. 

Voy a morir, ya ves, como quería:

lento y dulce viraje hacia la infancia,

un como desnacer… Y a última instancia

vuelvo a tu mar de siempre que es la mía. 

Después de tantas rosas, tantas cosas…

El tibio roce de tus muslos rosas,

la música secreta de tu enagua, 

el sabor de tus pechos, de tu aliento,

voy a morir, lo sé, pero contento

con tu risa sentada sobre el agua.

                                NASCENCIA     

Veinte de octubre, martes, luna llena

me ordenaron nacer a tiro hecho

con derecho al dolor y sin derecho

a elegir a mi apaño la faena. 

De modo que a vivir, tal como suena,

a vivir por las buenas, en barbecho,

con algún jilguerillo aquí en el pecho

pero quizás no mereció la pena. 

No sé bien qué guitarras, ni qué dioses,

ni qué oscuro temblor, ni cuantas voces

me clavaron su cante en el costado 

Y sentaron mi nombre en la alegranza

con el portillo abierto a la esperanza,

a mi Dios, a mi gente y al pecado.   

                      SENCILLAMENTE    

En esta mar sin dueño me acomodo,

y en soledad manejo mi barquilla;

bogo a brazo partido en la sencilla,

blanca razón del todo por el todo. 

Peregrino a mi forma y a mi modo

gozo techo seguro, buena silla,

una paloma al hombro y mi semilla

abierta y florecida sobre el lodo. 

Hombre soy, sencillamente hombre,

agua y tierra, ceniza, con un nombre

que cualquiera inventó para mi suerte. 

Y alguna cosa más, alguna cosa

esta fuerza radiante, poderosa

que me acerca a la vida y a la muerte.   

Guajira                                             

Con caracolas de menta, 

con  su ángel, con su aquél 

que  pone caro el papel 

cuando  canta las cuarenta. 

Cuestión de sal y pimienta, 

guitarra  que no se aprende

 o  solearilla que enciende 

las  rosas de los rosales 

y  dice por las cabales 

que  el que la lleva la entiende.           

Guajira    

Se arranca por bulería 

con las palmas a compás

 o canta por mirabrás

 las noches de Bajo Guía. 

Enciende su torería

 capotes de miel y seda; 

En la lengua se te queda 

sabor a mar y a coplilla

 si brinda con manzanilla

 Sanlúcar de Barrameda. 

Guajira  

Caballero que salero 

el de mi tierra salada 

y que sal condecorada 

por el viento salinero. 

Y que cantar sonajero 

marinero y campesino 

si se tercia en tu camino

 avante con la alegría

 que canta esta tierra mía

 con una copa de vino.                              

 

En voz alta 

Que en tu cielo no falte el sol de la alegría

ni un borbollón de rosas colgando en tu ventana;

que no falte un jilguero subido a tu mañana

ni en tus manteles blancos el pan de cada día.          

Voz bronca, voz dolorida,

soleá del golpe rajo

o cantiña del trabajo;

seguiriya malherida

y  la cabal escondida

hirviente bajo la piel;

macho profundo y redondo…

con tu Trebujena al fondo

qué bien cantabas ; Miguel 

 

Embajador, galanurade la más alta embajada,

hombría de bien derramada,

más corazón que estatura.

Campanario, voz y altura

de campanera semilla:

Vaya por ti esta coplilla

con su duende y con su aquel

y con ella,  timonel,

mi copa de manzanilla. 

                                       Qué bien suena tu cantar

con las guitarras del agua,

frente al Poniente de fragua,

a la vera de la mar.

Los pulsos de par en par,

corazón por Seguiriya,

Caracoles en la orilla,

El Mirabrás por bandera

y subido a la Romera

tu cante con Manzanilla.

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++   Pueblos blancos 

Vengo hasta tí, muchacha, a tiro hecho,

hasta tu limpia claridad serrana,

hasta tu voz mecida en la campana,

hasta el trozo de pan bajo tu techo.

Vengo hasta ti abierto y por derecho

a llenarte de barcos la mañana,

a colgar una concha en tu ventana,

a derramar la sal sobre tu pecho.

Vengo desde la mar, desde la orilla

donde la tarde sabe a manzanilla

y la viña es guitarra marinera,

Traigo a pleamar el corazón y el vino

un fandanguillo azul para el camino

y tu nombre en la sangre, compañera.

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    La Viña    

Es preciso ser viña cada día  para beberse el sol  de la mañana;  para aprender la salve jerezana  hay que nacer más viña todavía.  Ella nació bajo el escalofrío  del viento marinero por el tajo  y trenzó con las trenzas el sombrajo  de cepa enamorada del rocío.  Ella nació muchacha a su manera,  con Dios multiplicado en los racimos  y la sangre subida a la piquera....  Después, el nombre es cosa de jilgueros,  una costumbre de alumbrar esquimos  y de hablarse de tú con los luceros   

Soneto a Cervantes 

  “La del alba sería…” Y jamás rompió unaalborada más ancha en los cielos de España.Ni la lengua de España conoció tanta mañaen la música eterna de su eterna fortuna. Tan Quijote y tan Sancho, tan rozándole algunasinrazón caballera subida a la espadaña…Tan galano y galante por la rubia cucañadel pecado en las blancas posadas de la luna… La muerte iba del brazo del roto caballero,lepantino, enlunado soldado de Castillacon sombras en la frente y el corazón de miel. Aunque hijodalgo, tuvo más vaca que carnero,más fondo que fachada, más pluma que cuartillay algo tuvo de arcángel. Su nombre, don Miguel.  

Yo vivo aquí 

Yo vivo aquí, en esta tierra míatan nuestra y tan rincón de nuestros viejostan salada y brutal en los manejosde su gracia nupcial de Ave María. Aquí tengo mi pan blanco y cercanoal vuelo guitarrero de la brisatengo el clamor del mar y la albarizagritándome en la palma de la mano. Aquí cumplo sin prisa y sin desmayomi rumbo triangular con la añoranzaabierta al vino, al toro y al caballo. Y canto aquí donde mi hijuelo sueñadonde mi padre anduvo su esperanzay jugaba mi madre de pequeña                  

La Bodega      

Siempre me ocurre igual, entro en la bodega, en bodega como esta, con cierta reverencia, intimidado por extraños pudores, como atenazado por el respeto. Sospecho que estas bodegas de mi tierra suponen, ante todo, la estética del silencio, la penumbra exacta y el cabal aroma del silencio, la justa y templada armonía arquitectónica del silencio, y hasta llego a creer que el silencio floral y majestuoso huele a vino viejo y tiene el color del roble antiguo. El caso es que uno, inconscientemente, asume esa estética solemne y la afronta siempre con un cierto talante subreptício, con cierta indefinible sensación de intrusismo, apenas sin voz y respetuosas las pisadas, como si temiera la profanación inevitable de resplandores dormidos y músicas insólitas, escondidas nadie sabe donde.

 

Lo pensaba esta mañana cuando entraba en la bodega de mi amigo el mayeto, más bien chica, semejante a capilla o iglesia pequeña, que esa es su planta, crujía y naves laterales, doble hilera de columnas arcaucionadas, techumbre alta a dos aguas sostenidas por vigas y alfajías de madera, portatabla de madera y tejas morunas. Ventanitas casi pegadas al techo abiertas a los almizcates y celadas por esterones de esparto. Suelo terrizo bien apisonado, acaso humedecido por sudaderos recónditos nunca descubiertos. El patio anterior es como una joya en gris y verde que sugiere atardeceres veraniegos bajo el emparrado.

-Pues esta es mi bodeguita.

Ya estábamos dentro. He contado de refilón hasta seis piernas de tres andanas y mi amigo nos explicaba que con esta bodeguita, hace cuarenta años, vivía a lo grande  cualquier casa de familia y, lo que son las cosas, hoy tiene uno que vivir para la bodega, mantenerla por querencia y capricho.

Pues tajo adelante, vamos a probar este vinito. Y éste. La venencia vierte sobre los catavinos chorrillos del color de las espigas olorosos a almendras amargas. Mi amigo agita por la peana y aspira, como en éxtasis. Al final, lo roza con los labios, cierra los ojos, paladea y retorna perezosamente al mundo:

 Fíjate que abocaito. Una gloria. Y en el brillo. Son como descubrimientos luminosos entre andanas sombrías. El vino tiene su tipología, como una fauna exótica, impensable y viva. Vinos gordos, finos, rayados, nubosos, de tercera, de segunda, de abajo, amanzanillados, olorosos, remontados, con flor y con madre, qué sé yo. Crece solo, como los caballos, pero hay que domarlo, hay que educarlo. Tiene su escuela, la solera, pero a veces se tuerce como un potro resabiado, y para eso está uno, el ojo al acecho. Sí, los vinos son como las personas, así, crecen, engordan, languidecen, degeneran, enferman, sanan, adelgazan, se alegran y se entristecen, ya te digo, lo mismito que las personas. El mosto es tal un parvulito que empezara a estudiar, por ejemplo, y al cabo de cuatro años es como si rematara  el bachillerato curso a curso, quiero decir graduado en fino o manzanilla. Luego, sigue corriendo clases y se licencia en oloroso. Si lo dejas seguir se doctora en amontillado. Cuestión, lo primero, de que las clases sean como deben ser, esa es la base. En principio, de buenas soleras y botas bien encascadas, vinos buenos, lo primero es lo primero. 

Pero, escúchame, esta bodeguita, con guitarra y cante, será como el sueño de una noche de verano. Y también para pensar. Si acaso, pa hablar en medios tonos. Mira, cuando entro aquí, me siento medio cartujo. Como si uno se quedara fuera del tiempo, más allá del espacio, por encima del mundo y hablara por teléfono con el paraíso.

                             

SANLUCAR    

Huele a jazmín, a bogavante, a brea,

a paciencia hortelana y campesina,

a arcángeles de aceite en la cocina,

a muchacha asomada a la azotea. 

Huele a limón, a gallo de pelea,

a estero y a guitarra, a luz marina,

a lance pescador, a voz salina

que sube cuando sube la marea. 

A pergamino huele, huele a Historia,

a nombres que subieron a la gloria,

a guitarra y compás, a sol poniente;

 a incienso y devoción, huele a rosario,

a navazo y trigal, a pan diario,

a rosa y mirabrás... Huele a su gente. 

    LA MANZANILLA   

Si no fuera muchacha, si no fuera

tan caña y niña y pálida y tan breve

en la boca, probara, quien la pruebe,

labios  salados, beso a su manera. 

Si dijera Sanlúcar, yo dijera

venencia-ruiseñor que vuela y bebe

y silba y sube y sabe como un leve

temblorcillo de brisa marinera. 

Si escancio gloria y por beber me obligo

a  desandar los rumbos de la pena,

bendigo  amor y digo manzanilla. 

Y digo viña y nube y digo, amigo,

la coplilla que canta a boca llena

pelillos  a la mar y ancha es Castilla.