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Un alto en Prado del Rey

Un alto en Prado del Rey

 
 La carretera coquetea con el paisaje, el paisaje bravío, fugitivo, oloroso a almoraduj, escoltado por cerros guardianes. Parece esta la carretera del andar por andar, a vueltas y revueltas veleidosas, imprevisibles, mareada por curvas inverosímiles al borde de hondonadas y barranqueras, como subida a la montaña rusa de rampas y pendientes enzarzadas en un carrusel que no llevara a parte alguna.

   Quejidos trepadores, chaparros descarriados, olivos legionarios y arbustos innominables, hincan los pies en esta tierra brava, en esta tierra áspera, probablemente cicatera y, casi seguro, piropeada por veneros recónditos que la visten de verde. Tierra que se derrama a lo lejos como un oleaje petrificado,, encrespado en la lejanía. Tierra, ay, de soledades visibles, sin un alma andante en este fastuoso, soleado domingo de enero.Sobre estos suelos sólo serían capaces de crecer y vencer árboles hondos de raices fuertes. Como sus gentes. Uno piensa inevitablemente en aquellos héroes remotos y esforzados que un día decidieron vivir y morir en estas tierras, romperse o diluirse en la hosca virginidad de estas tierras.

  Prado del Rey queda a la derecha, desparramado sobre el faldón parduzco de un cerro omnipresente, Cerro Verdugo, nadie sabe si protección o amenaza, tal vez las dos cosas. Uno, al entrar, se sorprende de un pueblo trazado a tiralíneas, a limpia y uniforme geometría, como el que más en toda la serranía gaditana. Manzanas rectangulares, calles trazadas a escuadra, la blancura total cuadriculada, prisionera de las exactas perspectivas de lo perpendicular y paralelo. Las aceras, casi todas, sombreadas y acicaladas por arbolillos de copa perenne. De alguna parte, se escapa el viejísimo olor  de la alhucema. Allí mismo, la rueda, rueda de niñas rosas, de niñas azules, que quisieran ser tan altas como la luna, para ver los soldados de Cataluña. La paz tendida en un cerro.

  Cuando en el campo pintaron bastos, hubo un viraje rápido y sustancioso hacia la industria de la piel. Este es un pueblo ancho y múltiple, desbordado en el trabajo de todos los días. Prado del Rey. Casi un cante por serranas entre el martilleo de las horas.

  Puede que algún rey, caballero en su caballo, pasara y retozara, pradeara por estas lindes. Debió ser, calcula uno, don Carlos, el alcalde de Madrid, taumaturgo, dicen, de este pueblo y de otros pueblos, en aquel sus sueño de trasplante y asentamiento de gentes rubias, extrañas, parladoras de lenguas remotas, en los más rientes y prometedores prados de la pradera andaluza.

   Ya por la tarde, salimos de estas casas claras, limpias, de este pueblo rectilíneo, donde la gente no se apegotona en la plaza ni hace corros en las calles. La gente prefiere el cosmopolitismo del bar, del bar moderno.

La carretera coquetea con el paisaje, el paisaje bravío, fugitivo, oloroso a almoraduj, escoltado por cerros guardianes. Parece esta la carretera del andar por andar, a vueltas y revueltas veleidosas, imprevisibles, mareada por curvas inverosímiles al borde de hondonadas y barranqueras, como subida a la montaña rusa de rampas y pendientes enzarzadas en un carrusel que no llevara a parte alguna.

Autor: E. Dominguez Lobato