Aseguran que fueron los fenicios quienes, de entrada, aparecieron por aquí. Arribaban con sus navíos al fin de lo conocido después de aquella exitante navegación mediterranea y traían en sus mochilas el culto a la diosa Astarté, el valor de sus guerreros y el talento y talante comercial, dialogante y negociador de su gente. Además, su antiquísima devoción por los dioses de la atardecida, encarnados en aquel lucero rutilante que brillaba siempre luego que el sol se ponía. Y aquí estaban, frutal y plateado, flotante sobre el horizonte del atardecer a modo de punto y final de un día rematado por aquella orgía de colores espléndidos, cambiantes y difuminados -azulencos, verdeantes, rosados, amarillentos- a modo de ballet alrededor del sol moribundo, esfera de cristal incendiada por dentro.
Y aquella suerte de danza mágica sucedía justamente a la anochecida sobre la lejana horizontal de agua y cielo especie de raya mágica que - seguro - por arte de hechicería quedaba siempre a la misma distancia por más que los barcos quisieran alcanzarla. Y detras de la línea inabordable, el misterio, lo ignoto, el enígma de algún dios huidizo y desconocido.
A ras de suelo, manantiales cantaores, pino piñonero, fruta y sal, y panales en los árboles, paraiso inexplorado donde comenzar la vida y dejarse los huesos, poblado por hombres barbudos, apelmazados y feroces, manejadores de la estaca, la flecha y la piedra que apenas sabían hablar. Era aquel un mundo limpio y reciente sin pasado y sin nombre.
Fué entonces cuando aquellos navegantes intrépidos y extasiados se inventaron uno: El Puerto del Lucero