Para el común de quienes nos expresamos en castellano, el término MALANDAR no sugiere ningún significado especial. Simplemente, se trata de una referencia vaga al "caminar torpe" de cualquiera.
Sin embargo, todos quienes hemos nacido o vivido por algún tiempo en las inmediaciones de la desembocadura del Guadalquivir, asociamos de forma natural y refleja el término "malandar" con su referente geográfico inevitable, y acabamos conformando, casi sin quererlo, "La punta de malandar"; o lo que es igual, una estampa íntima de nuestra memoria de sanluqueños.
Creo conocer la mayoría de las referencias cartográficas del estuario, desde la Punta de Montijo hasta La Plancha, desde Bonanza y San Jacinto hasta Torre Zalabar, con sus arenales, bajos, corrales y dunas mayores; incluso, he elevado a esta misma categoría las ruinas y vestigios de construcciones costeras de otro tiempo como el Castillo del Espíritu Santo, el Baluarte de San Salvador y otras más modernas y modestas. Y sin embargo, de entre todos estos lugares y estampas ninguno despierta en mi sensación tan sugerente y enigmática como la Punta de Malandar.
A menudo he intentado adivinar las razones que desde mi niñez han convertido aquella imagen en un lugar de misterio y atracción distinto de los demás; y debo decir que son tantas las respuestas que he ensayado como insuficientes y poco satisfactorias. He pensado que su encanto se deba a la sensación de pureza y libertad que sugiere todo Doñana visto a una milla escasa de mar, desde la populosa ribera de Sanlúcar; que quizás sea la paz que brinda el sol dorado del verano cuando elige La Punta para ocultarse, cada tarde; o la luminosidad, blanca y cegadora que destella y que la envuelve durante el día, y que según alguna opinión simplista se debe al efecto del sol sobre los arenales de la playa. Pero la única respuesta que alcanza a complacerme es la que hace de La Punta una invitación permanente al reto y a la aventura del océano; un signo que marca y señala, con su vertice hacia el suroeste, el rumbo eterno que pueden seguir los soñadores y quienes están dispuestos al desafío de los mares, a descubrir lo desconocido y probablemente a afrontar el riesgo y la lucha necesarias para apaciguar el espíritu inquieto del hombre..............