En el lugar justo donde el rio padre andaluz, el Río Grande, el Guadalquivir milenario rendía cuentas postreras y fenecía en la inabarcable inmensidad atlántica. En el lugar desconocido, en el indescifrado misterio donde el sol rojizo y redondo naufragaba cada atardecida en algún inexplicable incendio que teñía el cielo de oros indecisos, de escarlatas cambiantes y de morados dudosos que semejaban algún cataclismo silencioso. En alguna inexplicable catástrofe escrita por arcángeles indescifrados capaces de sinfonías pictóricas que escapaban a todo entendimiento, accesible solo a la intuición artística, a la pura mística interior del ser humano.
Y ese lugar se llamó " Las Piletas ", en tiempos remotos a los dioses, mitos de la fecundidad y la belleza, y ahora aguas curativas en manantiales milagrosos.