Las Campanas de Sanlúcar

Las Campanas de Sanlúcar

 
¿Qué decir de vosotras, qué hablar con vosotras, inquietas, sosegadas, lugareñas, universales
campanas de mi pueblo? ¿Cómo, cuándo, dónde preguntaros si en vuestro campaneo aletean millares de respuestas sin preguntas?. Tal vez sóis nuestro simbolo pero, ¿no seremos acaso nosotros meros símbolos vuestros? Porque, en verdad, vivimos a golpe de pura campanada, ahí está el quid, envejecemos entre vosotras, niñas eternas, eternas viejas que ni podéis quemaros ni sabéis morir. Porque ¿dónde encielar -que no enterrar- una campana muerta? Puede que alguna vez languidezcáis con oscuras, nostálgicas mudeces de bronces sumergidos pero, al final, renacéis siempre de la infinita, inútil tristeza de los metales sin voz.

        Nunca alcanzaremos a comprenderos del todo pero sabemos que nada hay tan esperanzado, tan luminoso, tan vibrante como vuestros volteos de bienvenida, vuestros desplantes festeros, vuestras llamadas a la concordia. Si lloráis por seguiriyas y os quejáis  por soleá, también colocáis guirnaldas nupciales sobre el gozo y cantiñas de sal y menta al compás de las mareas.Sóis, en definitiva, como banderines clavados en las esquinas del recuerdo, de modo que, de alguna manera, nos retornáis a la niñez, ponéis el tiempo en pie y siempre alegran, conmueven y hasta duelen vuestras voces.

        Cierto que alguien podría sospechar en vosotras alguna mujeril verborrea de cantarinas liviandades pero, a última hora, también tenéis derecho a la frivolidad, tanto como a las cigüeñas, a las piedras, a los cielos de vuestras espadañas. Después de todo, menudear en jolgorios casquivanos es como trepar, sin quererlo ni saberlo, a las anchas barandas de la libertad, al juguetón albedrío de los pájaros. Casi nunca podemos pero, la verdad, siempre estamos en trance de echarnos gozosamente a vuelo, acaso por librarnos y liberaros de algún aburrido campanero de cuerdas destempladas.

        Conmovidas, cantaoras, guitarreras, torrenciales campanas de Sanlucar, melodiosos sonajeros de nuestros primeros pañales. Desde lejos, recordaremos vuestras voces transfiguradas por la nostalgia y, a la vuelta, si importante es escucharos, lo fundamental es saber dónde; quizás porque presentimos que, a una hora cualquiera, caerán sobre nosotros campanadas que no escucharemos y escucharán otros junto a las prisas de la calle, la algarabía de los niños y el estrépito de la vida que sigue, ejena a nuestro desnacer. Pero que esas postreras campanadas sean las vuestras, sonoras, entrañables, vibradoras,maternales, acariciantes campanas de mi tierra...



Autor: E.Dominguez Lobato