La Calle Ancha

La Calle Ancha

 
Siempre tuvo la calle Ancha su clientela fija, paseantes suscritos, ocupantes numerarios de veladores eternos, corredores, tratantes y negociantes al liquindoy de lo que pasa, curiosos irreductibles, peripatéticos que de todo hablan, buscavidas en todo o en casi todo, cada cual a su hora porque esa es otra, los hay de mañana o de tarde, sin que falten quienes acuden a los dos turnos. Además, por supuesto, en la calle Ancha los Bancos, el Ayuntamiento, los establecimientos de mayor lustre y nombradía, los bares de postín, las cafeterías de rango y, en fin, el mayor brillo y esplendor del discurrir popular, el pulso integral del pueblo soberano, las chácharas, noticias, hablillas y parloteos que conforman la historia menuda diaria de la gente.

        Porque ahí se habla de todo, divino y humano, bueno, más bien humano, a hueso pelado o en carne viva, con voces recalentadas o a sangre fría y, llegado el caso, con los puños apretados. Cualquier manifestación pública de entidad y prestigio tuvo y tiene allí su punto de convergencia. Eso lo saben bien los movilizadores de masas, los portavoces de reivindicaciones y protestas, los fabricantes de adhesiones incondicionales y de lealtades inquebrantables, los adalides de oposiciones masivas. También de los agoreros, de los dispensadores de lecciones solemnes porque en semejante ágora tampoco faltaron los propagadores de máximas y consignas que siempre encontraron eco y razón porque jamás falta alguien dispuesto a escuchar, alguien dispuesto a aplaudir. A nadie se le ocurrió nunca predicar en desierto pero incontables fueron quienes clamaron en todas las calles Antiguas y modernas, desde el prestidigitador al sacamuelas, desde el mercachifle al apóstol.

        La historia de esta calle viene a ser la historia íntima del común tendedero de trapos ajenos y descosidos vergonzantes porque ahí salen a veces a la luz manchas y tachones ajenos, siempre los más picarescos y sabrosos porque los propios permanecen guardados en el armario de cada cual aunque, al final, todo se sepa ahí, en la calle Ancha. Sí, ahí cabe de todo, no hay que darle vueltas.



Autor: Eduardo Dominguez Lobato