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La Hélice de Bonanza

La Hélice de Bonanza

 Es la hélice, amortajada por el tiempo y la intemperie, por el soplo fatal del calendario y el olvido. Ahí está, ignorada y vacia, garabato absurdo incapaz de creer en sí misma, esclerotizada por la desidia, abandonada como trasto inútil, ocupadora de un espacio que no le pertenece, de una vida sin reloj que ya no es suya. Nadie, ni ella misma, recordará aquellos días gloriosos, los de su edad pujante de bronce reciente, de impulsos de estreno, sí, aquellos impetus propulsores triunfadores sobre océanos bravíos y mares aquietados, artífices primordiales de lances marineros más o menos heróicos, de tantas y tantas travesías apacibles o borrascosas. Humilde e imperceptible, oculta siempre bajo la piel del agua, pero ahí, siempre ahí, como brazo seguro y providente de toda la energía, todo el calor y todo el valor de quienes sobre cubierta gozaban de horizontes y descubrimientos abiertos a la luz de cielos altos que terminaban siempre en la inalcanzable raya de mar y cielo.

  Ya no es nada, nada, pedazo de metal que ni para metal sirve, lento desnacer invadido por algas petrificadas y anémicos escaramujos que acaso sueñan con la juventud perdida, con derrotas ilusionadas por caladeros opíparos que proporcionaban a los de tierra firme las riquezas casi infinitas, bullentes en el vientre del mar, de la mar.

   Tal vez mereciera un mejor final, algún epílogo condecorado por medallas al trabajo, al esfuerzo, a la lucha. Pero no. Será pura desintegración mohosa y morirá sin gloria, sin epílogos, sin ni siquiera entierro pregonado, pero, eso sí, atada al yugo, a la gloria vital del trabajo cumplido, del deber colmado. Porque nació para héroe anónimo, para urdimbre innominada del tejido social, nada más y nada menos. Pero mira, hélice de Bonanza, yo te admiro, te respeto y te aplaudo. Quisiera ponerle a tu nada ovaciones de laurel y sal, algún escudo nobiliario empapado de sudores tan antiguos como el hombre, tan viejos como Adan y tan sustanciales y permanentes como la vida misma.



Autor: E. Dominguez Lobato