

Ya no es nada, nada, pedazo de metal que ni para metal sirve, lento desnacer invadido por algas petrificadas y anémicos escaramujos que acaso sueñan con la juventud perdida, con derrotas ilusionadas por caladeros opíparos que proporcionaban a los de tierra firme las riquezas casi infinitas, bullentes en el vientre del mar, de la mar.
Tal vez mereciera un mejor final, algún epílogo condecorado por medallas al trabajo, al esfuerzo, a la lucha. Pero no. Será pura desintegración mohosa y morirá sin gloria, sin epílogos, sin ni siquiera entierro pregonado, pero, eso sí, atada al yugo, a la gloria vital del trabajo cumplido, del deber colmado. Porque nació para héroe anónimo, para urdimbre innominada del tejido social, nada más y nada menos. Pero mira, hélice de Bonanza, yo te admiro, te respeto y te aplaudo. Quisiera ponerle a tu nada ovaciones de laurel y sal, algún escudo nobiliario empapado de sudores tan antiguos como el hombre, tan viejos como Adan y tan sustanciales y permanentes como la vida misma.