
Longitud: N 36º 46,799´
Latitud: W 06º 21,291´
Había llegado la mar, a modo de una terrible ola, y el “tos taqui” navegaba por La Calzada, entre jóvenes y crecientes crestas espumosas, entre mar batiente y engreído, justo donde días antes paseábamos entre cochecitos de niños y quioscos de helado, o se entonaban y levantaban, a ese mismo poniente, sevillanas y fandangos envueltos en feria de manzanilla y diversión. Marcaba rumbo certero hacia la Comandancia de Marina, 151º, otro tiempo baluarte tierra adentro de asuntos de la Armada y ahora sometida al acoso de la inundación, entre papeleos tributarios y administrativos.
Aunque la corriente era fuerte y el viento por la aleta empujaba más y más, aún tenía la posibilidad de tomar el edificio por babor o estribor, ambas decisiones llevarían a una navegación encajonada, callecillas estrechas, Tartaneros o Ramón y Cajal, que harían de las aguas como rápidos de montaña. Entonces, viraba a estribor, dejando la Comandancia de Marina a babor.
Metía la caña del timóm y el “tos taqui” viró inmediatamente a estribor, en una trasluchada provocada, la botavara recorrió un arco de 70º y rápidamente el marino se acopló a la banda de estribor. La escota del foque firme en la mordaza, orzando lo más que podía y rumbo al norte de la Plaza del Cabildo. En la plaza siempre habían recorrido sus últimos días los abuelos revenidos y distantes ante tanta modernidad sobrevenida; que si música pop, que si pirsing; aquellas gentes solo estaban ya para soles y pitillos de media mañana, para charla de tiempos idos y copita de manzanilla.
Rumbo: 151º
Longitud: N 36º 46,759´
Latitud: W 06ª 21,259´
Mordía la mar rugía la corriente, y se desataban espumas, seguía navegando, en la esquina de Balbino, dicen que taberna ensimismada en tapas de la tierra y guisos marineros. Aquella tarde de pleamar provocada y olas desmedidas, la barra de la taberna derramaba las últimas fuentes de tortillitas de camarones, langostinos ahogados en la última cocción y algún cazoncito deliciosamente rehogado entre aceite de oliva.
Podría ser Agosto, mes de calores, de niños, de vacaciones, de refrescos de colores que casi brotaban por las mesas de las terrazas. Aquel mes de tranquilo sueño, de desayuno con lectura o charla fácil, de paseito por el centro, de compras en la plaza o por las tiendas de la capillita. Quizá fuera agosto, con la playa al fondo y el baño fácil, con algún que otro ratito al sol, con tapas variadas, con almuerzo típico, y con siesta rigurosa. Tardes de cafelito reconstituyente y partida de ajedrez, o de cartas, o de charla.
Pero aquel día seguían subiendo las aguas y aquellas farolas, otros días de secano y tedio acumulado, disponían ahora sus brazos luminarias a modo de defensas improvisadas ante tanta corriente. Las butacas de plástico de los atardeceres flotaban sin rumbo entre bolsas, papeles, hojas y algún ramaje de buganvilla.
Al fondo aquel reloj, fachada del antiguo Ayuntamiento, de frontal elegante y pétreo, de balcones abiertos a la plaza y herrajes corroídos. Reloj vigía y testigo, aquel que despertó a sus gentes para elecciones de cambio, de esperanzas nuevas y gobiernos por venir. Reloj que anticipó manifestaciones , reuniones clandestinas, procesiones, bienvenidas en ferias y pregones, y ahora, desde arriba, adivinando ya su destino de óxido, parálisis y abandono. Fue el último testigo, en su creciente visión ensimismada de aquella invasión de aguas saladas, siempre hacia arriba, desde el umbral de mármol de su vieja puerta hasta el primer piso, justo hasta el mismo balcón, hasta el mismo palo de la bandera, la de Sanlúcar.
Eduardo J. Domínguez Rubio