
Hace años, el ciudadano común vivía la vendimia con la piel impregnada por el aroma del mosto naciente, por el tufillo azucarado y pegadizo de la uva recién cortada. El pueblo entero olía a vendimia con el olor recóndito pegado a las ropas y a las paredes, agazapado en los más íntimos rincones de las casas y era como si el personal viviera el estreno de un tiempo nuevo, la otoñada, apacible, comedida y untuosa como ciruela madura.
Se palpaba, casi masticaba la vendimia porque ahí estaba, por ejemplo, el mensaje permanente y omnipresente de la recuas, pregoneras sublimes de las faenas vendimieras, santo y seña de identidad de una realidad gozosamente compartida por todos los sectores ciudadanos.
Hace años que desaparecieron y uno se pregunta ahora que por dónde andarán, que ha sido de aquellos recuerdos de epopeya inagotables, recios, expeditivos que llegaban de una sentada con sus burros y aparejos desde la serranía de Ronda o desde los campos cordobeses en un par de jornadas. El caso es que, de momento, han desaparecido de nuestra geografía vendimiadora.
Pero, hoy por hoy no es ese el caso. Ahí están, si no, la velocidad de los motores y la capacidad camionera para que la vendimia venga acompasada a las prisas y urgencias de nuestros días. En fin, por una cosa u otra, el caso es que, ciudadanamente hablando y salvo detalles concretos y localizados, apenas si reparamos ya en la vendimia. A estas alturas nos resulta ya un algo lejano, apenas entrevisto, tangencial a nuestra inmediatez cotidiana.
Por cierto, carecemos de datos definitivos pero oímos hablar de un esquimo generoso que, sobre más o menos, sobrepasa en un 15 o un 20 por ciento al anterior que no fue malo. El problema está en el mercado, el mercado del mosto y del vino, indolente, aburrido, casi apelmazado y tan mortecino que, a quien más y a quien menos no les llega la camisa al cuerpo. Y, encima, para los pequeños propietarios, los clásicos y sufridos mayetos, el cupo famoso, el tope máximo establecido que señala, quién podría sospecharlo, el techo de siete botas y media vinificables por aranzada. Siempre se dijo que una viña por debajo de las diez, nunca podría ser rentable, de donde el personal se ufanaba en conseguir las quince, dieciséis y diecisiete botas en viñas cuidadas como macetas con esmero de orfebres. Ahora toda la viticultura del marco se ha trastocado de la noche a la mañana en una viña mediocre de para abajo, de modo que igualados por los pies, no hay quien sobresalga un palmo y, como dice cierto viejo conocido nuestro que echó los dientes en la viña, lo mismo da ocho que ochenta. Así está el hombre, que tira las pitas al callejón…