Bonanza

Bonanza

 

Ha perdido el sitio. ¿Por vejez, por algún tropiezo imprevisto, por algún fallo de cualquier timonel inexperto, de algún patrón desnortado? Cualquier cosa, vaya usted a saber. Pero el caso es que ahí está, artrósico, olvidado, escorado a estribor, destensadas las barengas, ociosa la tajamar, abatido el mástil, leprosa la tablazón de cubierta, corroidas las cuadernas. Vejez, abandono, sin brazos que lo manejen ni corazón que lo proteja. Y sobre todo, ha perdido el sitio y eso es peor, infinitamente peor que la muerte.

     Este barco también tuvo juventud, juventud azarosa y aventurera, osadías temerarias e intrépidas correrías por esos mares emocionantes donde lo siempre igual jamás era lo mismo, donde cada amanecer, cada atardecida, traían aconteceres distintos y donde los horizontes nunca eran iguales. Fueron tiempos opíparos, gloriosos, ilusionantes, tiempos irrepetibles bajo todos los vientos, sobre todas las mareas, bajo la calma chicha o bordeando el naufragio, daba lo mismo porque lo importante, lo indeclinable e inexcusable era navegar sobre el lirismo o el furor de la mar, eran otros tiempos y tenía otra edad.

      Pero un mal día el agua le perdió el respeto e invadió, insidiosa y silenciosa, las más reconditas intimidades del casco envejecido. Y lo venció, porque la mar suele ser vencedora inapelable de oposiciones vanales por tenaces y astutas que sean, por ejemplo, la vieja fórmula de rellenar los intersticios con estopa embadurnada con brea. Así ocurrió y lo enviaron al destierro. Le arrebataron el motor, aprovecharon para desavíos lo razonablemente útil y borraron su nombre y su matrícula del registro oficial de los barcos.

 



Autor: E. Dominguez Lobato