Cuenten , excelentísimos embajadores de Chile y Filipinas con aquella sombra que gritara un veinte de septiembre de 1519 con voz áspera y, desesperada, la de Magallanes y que luego, más bajo y grave, como por añadidura, repitiera Juan Sebastián voces que adelantaban:
-A la mar...
Cuenten, nuestro excelentísimo almirante e ilustrísimos comandantes , hoy aquí presentes, con los aquellos vigías recorriendo las tabernas, y dirigiendo las llamadas hacia las penumbras de la Plaza de Arriba, las manos abocinadas delante de la boca, voces rozadas, tormentosas, carcomidas por el salitre…
-A la mar…
Cuenten, nuestras distinguidas e ilustrísimas autoridades con aquellos llamadores vivientes de la madrugada sanluqueña, en la calle a la del alba
quizá mortificando al otro medio pueblo a bocinazo limpio, ese que no entendería de navegaciones ni de aventuras.
- A la mar...
Cuente, mi excelentísima alcaldesa, con trescientos marineros rebulléndose a dos manos las pelambreras entrecanas, rubias o morenas, y cuente también, con luces primerizas surgiendo en medio de las alcobas como un sol diminuto, turbio y lechoso, colgado en mitad del techo.
Cuenten, también, mis queridos amigos, y conciudadanos con mil y un personajes, en aquella nube, gran urbe de sanlucar entre toses mañaneras, esa tos borrascosa, enconada, convulsiva, y con unos ecos repetidos, propagados, despedidos por torres, campanarios, un palacio, y mil jardines…. En Mil ecos repetidos…
- A la mar, a la mar, a la mar...
Cuenten, nuestros ilustres invitados con esta Sanlúcar de Historia, con mayúsculas. Imaginen a nuestros hoy recordados navegantes en aquella Sanlúcar, conventual, ducal, guerrera o imperial. Porque mucho tuvimos de jardín abierto, de alta y esbelta bienvenida, rematada por esas cresterías de piedra labrada del castillo de las siete torres, como si fueran los encajes de estas aguas abiertas.Son los siglos, que por aquí pasaron, Sanluqueño también siglo de oro, de personajes barrocos, cargados de florituras los unos, agiles, elegantes e incipientes otros, osados, valientes e intrépidos, los más.
Porque aquellos ojos transeúntes del ayer vieron paredes pintadas, bóvedas de filigrana, rancios escudos en relieve, calderas granates, castillos y leones, y señales de feudos y dominios. No es la casual fortuna la que colgó en los atrios y presbiterios altas pinturas al fresco o los dorados y estucados de las nerviaciones de las cúpulas. Porque esta Sanlúcar de ahora, la de nuestros días, bajo la capa efímera de la pintura ocasional sigue teniendo los muros gruesos de sillería, las naves y las capillas, la iconografía sonora y la patina musical de más de cinco siglos.
Y no es ni fue la casual fortuna, hablamos de tierra estratégica, de mar encauzador de gestas, de voces decididas, de capitanes de la mar océana que impregnaron su halo personal como si fueran solemnes voces monacales que perduran siglo tras siglo y que esperan hoy, desde ayer, el aire nuevo y limpio para diseminar las semillas de esta Historia, de esta Sanlúcar, de estos navegantes, de esta llamada de partida que ahora vibra en el aire.Y cuenten, con cinco naos, surcando ese océano atlántico, de final esperado, pero incierto, deseado pero indolente, imaginado mil veces pero lejano de aquellas realidades del momento. Olas crecidas y crecientes, dudas y mil dudas, nuevas voces a bordo, sables, tormentos, y legua tras legua, otra legua más…
Y al fin, aguas territoriales de esta nación hermana, Chile, una llave maestra para las indias y también, una tierra nueva para esta España ya vieja y acomodada, Magallanes, indeleble en el tiempo, y su estrecho y Chile, y los patagones y la tierra de fuego, y el castellano que llega, a la costa austral de sudamerica.
Y cuente, nuestro exelentísimo y querido embajador de Chile, que cuando Magallanes asomara por la borda sus anteojos, las ráfagas de viento jadearían entre las jarcias como canes huidizos y, más lejos, sonaría el machaqueo sordo, exasperado, opaco, de la mar y las rocas, sonante a órgano destemplado. Y quizá, hacia el Poniente, la mañana brumosa se levantara como una diosa espumeante y embravecida.- "El temporal que viene creciendo"-diría Magallanes, en voz baja. Volvería a entrar y permanecería absorto ante sus primitivos instrumentos de navegación. Y sirva hoy a modo de homenaje estas palabras de pésame hacia los chilenos decididos que duermen hoy sus sueños en los fondos marinos, junto a la isla de juan fernandez, aquella novelesca de Robinson Crusoe. Y después de Magallanes, mil expediciones más, Sarmiento de Gamboa, Malaspina, Cook, Y cuente, distinguido embajador de Filipinas, con madrugadas de gloria y de tormento por aquellas aguas Filipinas, de Felipe, Rey Felipe, que no hay manera más bonita de llamarse españolas.
Y Magallanes, con el recuerdo imborrable de aquel instante abismal en que el infierno parecía estallar bajo la roda, mientras el cielo se escoraba a babor y luego a estribor y otra vez a babor y de nuevo a estribor, y la mar parecía cuesta arriba y luego cuesta abajo, tal si el planeta enloquecido sufriera interminables convulsiones sísmicas en medio del fragor galáctico de aquel sol descomunal que saltaría en mil pedazos.
Nunca habrían podido explicar Magallanes y Elcano si hizo falta mucho valor, o mucho miedo, o mucha sensatez, o mucha locura, o todo a la vez, para saltar al agua desde los ocho metros incandescentes de una torreta de popa. Tampoco habrían sabido contar hoy cuantas leguas bracearon sobre la locura, o la sensatez, o el miedo, o el valor, o todo a la vez, ni en qué momento lánguido dejaron de tener sentido aquellas miserias marineras, ni en que indiferente soledad la muerte tiene sabor a sal, ni cómo es posible que en el fondo de todas las desesperaciones aguarde la placidez infinita, ni de dónde el milagro de que Elcano pudiese abrir los ojos a una mañana, después de todo, irreprochablemente azul, tendido boca arriba sobre la cubierta de la Nao Victoria, aquí, aquí enfrente , rodeado de gentes sanluqueñas que hablaban la misma lengua.
Si, desde allí volvieron... isla de Homonhon, en Filipinas con 150 tripulantes menos, indígenas, Enrique el Negro, un malayo que había sido esclavizado por piratas de Sumatra y rescatado por Magallanes, desde allí volvieron, con la ruta definitivamente abierta hacia la especiería, y hacia la religión, conventos agustinos, los primeros y dominicos, después.
Habían llegado pocos muy pocos, . Estaban los diez y ocho y los tres nativos de tidore, cuando Pigafetta habría acabado de alinear sobre aquella mesa los últimos cinco vasos de vino viejo. Lo que hoy relatamos, ha ocurrido hace muchos años, sí, pero significa el futuro cierto, el dragón dormido que conquistará economías, deseos y proyectos para Sanlúcar, para Cádiz, para todo nuestro natural entorno, a lomos de sus lenguas de fuego, convincentes, veraces y esperanzadoras.
Los personajes, quizá hayan pasado, pero en el recuerdo, en lo escrito, está la esperanza de repetir esas mil y una gestas que abanderen a Sanlúcar en este siglo XXI, aún niño chico que corretea juguetón por estas playas de Bajo de Guía.En aquel tiempo, en aquellos días, la playa sonaba a ilusión, las calles a mercaderías, las iglesias a cruces americanas, las plazas sonaban a campanas de gloría, las tabernas tocaban a cruce de espadas, los miradores pintaban a rey de oros y el Palacio de los Duques, el Palacio siempre fue el Palacio…
Eran misas cantadas, eran pregones mercaderes, eran como días de fiesta para esta Sanlúcar, recibidora y alegre, acogedora y capaz, aterciopelada y globalizadora, ayer, hoy y siempre. Así embarcaron y desembarcaron, una y mil veces, claustros enteros de frailes blancos y negros, soldados de lanza dispuesta, capitanes despertados por la mar de leva, floridas señoritas, rufianes, garambainas, mil caballos, un sinfín de mareantes y toda la gente del mundo, al fin y al cabo.
Nuestros queridos embajadores, premiados hoy por meritos antiguos y centenarios, ayúdennos hoy a conocernos, ayúdennos a cabalgar en mil caballos de gloria por las arenas de nuestras playas, nuestros queridos embajadores, esto le debemos a nuestros pueblos, por todo lo que las generaciones anteriores nos han dado, porque somos las mismas gentes, a uno y otro lado de dos océanos, somos como los últimos de filipinas, tenaces, leales, defensores de nuestras cosas.
Nuestros queridos embajadores, hoy podemos estar un poquito más cerca Chile, Filipinas y España.
Muchas gracias por estar hoy aquí.
eduardo dominguez-lobato rubio