30-04-2009 Espejeantes, firmes en color y luz, casi amenazantes en altura.
Espejeantes, firmes en color y luz, casi amenazantes en altura. Así son nuestras salinas de Sanlucar, aparcadas en el Guadalquivir, en este Rio blanco y verde que, aquí, en nuestro pueblo, se resiste a salir a la mar,
como envuelto por el encanto de estas gentes y de estas cosas, marismas, esteros entre violetas y malvas, y verde, mucho verde, tanto verde que se diría que siempre fue Doñana reserva afortunada y mágica de todos los
pinares del mundo.
Están son nuestras salinas, ¡acérquese usted¡, despacito, por la carretera de Bonanza o en las barcas de madera, las que por suerte aún quedan, de cuadernas bien trazadas, de ágil puntal y rematado espejo de popa pintado de
azul, verde o rojo, en las barcas de madera, por el guadalquivir, y ¡mire¡, la luz, la grandeza y la simpleza a la vez. Porque en cada puñadito de sal hay algo de nosotros, algo de nuestra madura espera a través de siglos y
siglos, de mareas y mareas, de soles y soles, allá desde Tartesos, por lo menos.