
Nunca nos falla, siempre igual y siempre diferente, como el fuego, como el amor. Porque cuando nos asomamos a la mar, tenemos la sensación de que estamos ante algo nuevo y eternamente viejo, inmutable y cambiante, amenazador y sumiso, todo a la vez, como algún mágico dios de dos cabezas de dualidad fascinadora.
Hoy sigue estando ahí, la mar de Sanlúcar, donde el Guadalquivir salado ensancha su boca y viene a morir entre la Punta de Malandar y la de Montijo, justo a lo largo de esa raya espumosa marcada entre mar y río por el brusco desnivel de los fondos. Por fuera, el faro de Salmedina, la tenebrosa piedra entre dos aguas que tiene escritos sobre su lomo fatídicos y estremecedores recuerdos de embarrancamientos y naufragios.
Hoy, sin embargo, esta la tarde azul, con aguas mansas y cielos transparentes, en esta sosegada y rotunda tarde de noviembre, cuando los barquitos enfilan perezosamente la embocadura de la barra rumbo a Bonanza donde la lota aguarda el suculento festín de pescaito vivo, la acedía o el calamar, la breca y el bogavante, al cazón y la galera, la pintarroja y el zafio, panoplia de colores y tamaño, derramada en cajas de hielo de Bonanza.
Siempre estuvieron orgullosos estos pescadores de su trabajo artesanal, del trabajo bien hecho. Y la mar los veía regresar imperturbable y serena, sin reproche al cotidiano esquilmo de redes insidiosas y anzuelos protervos. Claro que, alguna vez protesta y entonces revuelve iracunda y temible, insensata y turbulenta, intratable y arisca. Es cuando dentellea como loba furiosa y clama por su tributo de siempre, tal si nos recordase que todo en esta vida tiene un precio, que algo se le debe y que, a la larga, siempre cobra.
eduardo j. domínguez rubio